Octubre 2011, N° 15
La Playa de
Jají y su gente.
Ramón Vega y
familia. -Un pequeño
recuerdo para grandes amigos-
Teodolinda dice que de su unión marital parió 21 vez, dos niños murieron infantes y 1 hijo adulto. Creo que en Jají, y en pocos lugares, no hay un matrimonio que los iguale en el número de descendientes.
Esa prole
sigue en aumento, hoy nos dice Teodolinda que ya tienen 58 nietos y 8
bisnietos.
La Playa de Jají y su gente.
Ramón Vega y familia. -Un pequeño recuerdo para grandes amigos-
Ramón, Todolinda y parte de la familia en compañía del autor
Hay muchas
cosas que tal vez sin saberlo uno las lleva por dentro, eso se puede aplicar a
los recuerdos, a la inteligencia, a los sentimientos, a las pasiones, pero en
este caso lo voy a referir a las vivencias, aquellos hechos que nos marcan y
nos dejan huella en el alma, en el espíritu, que se convierten como en una
necesidad que hay que manifestarla y contarla. Por haber vivido rodeado de
gente que aún cuando no dominan muchas letras, saben escribir sin usarlas, su
lenguaje se representa más que todo en sus sentimientos, pero las letras las
utilizan grabando en el accionar de sus
expresiones, de una manera natural tal cual son, sin alardes, un don especial
que puede escribir un lenguaje sin letras, pero que sabe imprimir con una tinta
indeleble, que no escribe sobre papel, su escritura es parte de su vida, y la
van grabando con sus acciones, con su diario devenir, en su esfuerzo y trabajo
de todos los días, van escribiendo el libro de su ejemplo, de su familia de su
tierra, de sus allegados. Digo esto para empezar a referirme a una familia
amiga que vive en La Playa de Jají, a la vera del antiguo y todavía actual
camino que conduce hacia la Loma del Carmen y puede seguir hasta San Juan y
Lagunillas de Mérida.
La familia Vega Zambrano es una de las tantas que conocemos
de toda la vida, en ella se pueden particularizar muchas cosas que comparten
con sus vecinos y amigos de toda la vida, pero como es usual ellos tienen su
propia historia y particularidades, que en parte voy a referir, no pretendo
hacer una historia completa, apenas intentaré perfilar algunos pasajes producto
de amenas conversaciones que he sostenido con una pareja muy especial.
Ramón y Teodolinda, constituyen un matrimonio que tiene
su propia historia, seguro estoy que pocas familias se le pueden parecer o
alcanzar.
María
Natividad Vega de Zambrano, nacida en San Juan de Lagunillas de Mérida, a poca
distancia de donde hoy habitan sus descendientes, fue bautizada en su lugar
natal pero se levantó e hizo su vida en Jají, todos la conocimos como Trina
Zambrano, o simplemente Trina, recuerdo que era una mujer de porte pequeño de
pelo encrespado y redondeado que cubría su cabeza con abundantes canas, de
andar lento y midiendo cada paso, de poca expresión, pero con su simpatía
natural y para muchos de personalidad enigmática, tal vez por su poco hablar,
pero respetuosa y llena de su propia vida y sentimientos. Ramón Zambrano su
esposo era nativo de Jají.
Su nieto
Ramón Vega me contó que Trina Zambrano procreó estos hijos: Trina (su Mamá),
Asunción, Catalina, Feliciana, Francisco y Carmen.
Café en pergamino secándose al sol con rastrillo para voltearlo
Trina
Zambrano, aparte de cuidar a su familia, trabajó en la cosecha de café, y lo
hizo al lado de los suyos hasta que murió a los 79 años de edad. En La Playa de
Jají todos quienes vivimos en su tiempo la recordamos y sabemos y conocemos de
ese especial personaje.
No pretendo
hacer una historia familiar, pero si debo decir algunas vivencias de
integrantes de la familia Vega Zambrano, empiezo por contar que en los días
recientes de la muerte de mi madre Dora Salas Sívoli de Monzón, ocurrida el
16/09/10, tuvimos la ocasión de recibir una visita de condolencias impactante e
inolvidable, en uno de los días de novenario se presentó en la Iglesia Nuestra
Señora del Rosario, Catalina, ella vino desde La Playa de Jají a acompañarnos
en el recogimiento de esos días. Con su hija Gladis y nietas compartió el
rosario familiar en la casa de quien fuera su amiga y conocida de toda la vida,
Dora de Monzón. Catalina en su avanzada edad es muy bajita de estatura, también
encorvadita de años, pero rebosante de simpatía y dulzura, ella recordó muchos
pasajes familiares de cuando ayudó a mi madre en la crianza de muchos de
nosotros cuando éramos niños, y ahora ya todos en la tercera edad. Ese momento de
su visita que pasamos con su compañía sirvió de bálsamo para aliviar las penas;
pero en verdad quiero volver a la singularidad y oportunidad de esa visita, todos pudimos compartir efusivos
saludos, recordar, admirar y agradecer una mano amiga que guarda tan gratos y
hermosos momentos de la existencia familiar; consideré esa visita como una
señal para guardar por siempre el reconocimiento de las ayudas y de corazones
siempre dispuesto a servir y querer.
Ahora vuelvo
a los personajes principales de esta narración como lo cito en el título es la
familia Vega Dávila.
Trina Vega
Zambrano, madre de Ramón, la conocí como una mujer muy inquieta, siempre
expresiva, muy saludadora, llena de simpatía, tal vez ese don de gente que
tiene Ramón es producto de la fusión de la abuela muy serena y la madre siempre
despierta.
Ramón como
vecino de La Playa trabajó por un tiempo en la Hacienda El Carmen de su padrino
Julio Monzón U., luego se marchó a La Azulita a la Hda. El Palmar, pasaron los
días hasta que el padrino lo mandó a llamar, quería que volviera a La Playa y
le dijo que él era como un hijo de la hacienda. Ramón vino y le contó que
quería casarse que tenía una buena muchacha, el padrino le replicó vengase para
acá que Carmelo Vera (el cojo) se mudó para la hundición, en la confluencia de
las quebradas La Sucia y La Mocoa, y el ranchito que él ocupaba cerca de la
casa grande está disponible, le dio la llave y con premura se dirigió para ver
de cerca la pequeña morada. Abrió la puerta, la encontró llena de sucio, un
desorden total, ese lugar servía de vivienda de pulgas, niguas y otros bichos,
Ramón no se desanimó y quemando algunas pajas con el humo producido empezó la
limpieza de todo y en especial de las plagas del que sería su primer hogar.
Un regalo de
Bs. 30 ayudó para que Teodolinda Dávila, hija de Fermín Dávila y Pausalina
Ávila residentes de las González de Chichuy, celebrara su matrimonio con Ramón.
Jají visto a lo lejos desde La Playa. Al fondo la Sierra nevada de Mérida
Cuando ya
tenían 12 años de residencia en ese ranchito que habían empezado a modificar,
vino el regalo de su padrino de unas parcelas de la hacienda para sus trabajadores,
Ramón dice a mí me tocó la más grande por incluir la falda la cual también
formó parte del obsequio. Para esta fecha la familia tiene 53 años habitando el
mismo lugar, en una casa modesta que representa el trabajo y el esfuerzo de
tantos años.
Recuerda que
él le pidió al gobernador de Mérida, al viejito Rondón, como lo llamó, el
arreglo de la vía desde la Playa, hasta su vecindad contando con la ayuda de
Carlos Zambrano y César Guerrero, al final lograron el arreglo pedido.
Muchas cosas
tiene Ramón para contar, antes de referir algunas voy a comentar sobre su mayor
orgullo, su mayor logro, lo que lo identifica con su mujer Teodolinda Dávila,
sus hijos, a pesar de las penurias y necesidades, siempre llenos de fe y a
través del esfuerzo y la superación personal, procrearon una numerosa prole.
Teodolinda
está cerca de los 80 años, al igual que su compañero, en junio pasado arribaron
a 52 años de casados, celebraron sus bodas de oro, y no perdieron el tiempo,
Teodolinda dice que de su unión marital parió 21 vez, dos niños murieron
infantes y 1 hijo adulto. Creo que en Jají, y en pocos lugares, no hay un matrimonio que los iguale en el
número de descendientes. Esa prole sigue en aumento, hoy nos dice Teodolinda
que ya tienen 58 nietos y 8 bisnietos.
Calle de Jají antes y después de la reconstrucción, la primera vista de abajo hacia arriba y la segunda de arriba hacia abajo.
La vida de
Ramón ha discurrido en numerosas actividades, cosechando café en la hacienda El
Carmen, recuerda que con toda la familia iba por las plantaciones de la
hacienda de la Playa, y todos, abuela y
mi Mamá Trina, los padres e hijos con canasto en la cintura, como especie de
cincho con barriga, empezaban a “jalar” los gajos o ramas del café para
desgranar los frutos rojos, en cereza, del café madurito, después se cargaban
cada quien a hombro limpio hasta el camino principal, donde algunas mulas
esperaban para transportar en sacos, los muchos canastos llenos de la cosecha
donde el rojo predominaba, pero también llevaban algunos frutos verdes y hojas
del cafeto que se iban con los granos. Esa cosecha seguía hasta el “rollo”,
instalación para dar inicio al proceso de aprovechar los frutos del café, en
ese lugar el sistema del momento era medir en palitos y cuartillas el producto
de la recolección y en esas unidades se pagaba luego en bolívares el resultado
de esa labor, que se hacía con alegría, con bullicio, y esperando siempre el
sábado para convertir el esfuerzo en los recursos de la familia; cuando la
cosecha era buena también el producto familiar crecía, ellos administraban esos
importantes recursos, y en general la economía merideña dependía en buena parte
del producto fundamental como lo fue el café.
Después que
le compró una camioneta a Julio Monzón S., donde aprendió a manejar, hizo de
vendedor de aguacates, naranjas, cocos, plátanos, yuca, y otros frutos, algunos
de la tierra llana como él la menciona.
El negocio
de las naranjas le produjo importantes beneficios, recuerda que en un solo
árbol en el lugar El Tejar, cosechó 5.500 naranjas. Compraba el mil de naranjas
por Bs. 20, la docena la vendía por una locha (12,5 céntimos de Bs.). El saco
de unas 350 naranjas lo adquiría entre 10 y 15 Bs.
Por un
tiempo se fue a Caracas a trabajar con un coronel en Las Colinas del Tamanaco,
donde estuvo por 22 años, Ramón comenta que sus andanzas le demostraron muchas
cosas, cuando vivía en Jají, pensaba que mi padrino tenía mucho dinero, pero
cuando conocí a Mérida, pude ver mucha más gente con plata, y con mi estada en
Caracas casi que concluí que en ese lugar estaba todos los cobres que faltaba
en la provincia.
Cambios tan
bruscos de escenarios de vida, me permitió recordar La Playa en momentos de
nostalgia y amor a la familia; cuando apenas existían caminos para recuas, caminos
empedrados y barrialosos (lodazales). Las tinieblas de la noche llegaban en la
tardecita, apenas fue por allá en 1960 cuando se alumbró la noche con los
bombillos de Cadafe, por mucho tiempo el agua llegaba cerca de la casa por una zanja que permitía lavar la ropa
sobre una piedra a la orilla del pequeño curso de agua, y cargarla en vasijas
para la casa para lavar trastos de la cocina de leña. Una fusión de esfuerzos
de los hacendados y el gobierno empezaron por abrir la carretera; con la vía el
progreso, tal vez lento llegó para quedarse, la carretera se mejoró, bateas y
puentes en los casos de mansas quebradas en tiempo seco, pero aguas embravecidas
y destructivas con las llegadas de las lluvias y aterradoras crecientes de Agua
Clara, La Sucia, El Quebradón y La Mocoa, todas en un corto trayecto de apenas
unos tres kilómetros de recorrido, que rompían el silencio habitual y lo
tornaban en un tronar con choques de piedras y saltos violentos de abundante
agua que arrastraba todo lo que se le atravesaba y se llenaba de un color de
barro y sucio. Después vino el asfaltado del vetusto camino, hasta convertirlo
en una importante vía pavimentada hasta San Juan.
La educación
con nueva edificación para la escuela, permitió a la muchachada soñar también
en la superación como el mayor vínculo del Estado para el desarrollo cultural y
armónico de la aldea, de los “playeros”. No puedo dejar de recordar en mi caso
particular, que las primeras letras las aprendí en la escuela estadal de La
Playa, donde estudié hasta el tercer grado, de la mano de Ana y Josefa, que
iniciaron sin poder imaginarlo un amor que no termina, una insaciable ganas de
aprender, de saber.
También
algunas viviendas rurales permitieron que esa comunidad, por la acción
gubernamental de la democracia se enrumbaran por un sendero de acción social
importante cumpliendo con la sagrada misión de servir al pueblo, por intermedio
de la participación oficial.
Teodolinda
quiso expresar su opinión y es así como contó que, ellos se acostumbraron a
vivir en La Playa, allí se criaron libres como los pájaros, hicieron su nido
(así refiere a su casa), levantaron los pichones (los hijos) cargando la comida con mucho esfuerzo, para
levantar una prole tan grande, con mucho trabajo de todos, siempre con la
alegría de vivir y disfrutar de estos lares, tan especiales e imposibles de
olvidar. Nos sentimos orgullosos de la familia y de todos los amigos y
amistades que nos rodean, esa es nuestra tranquilidad y felicidad.
Jají y su templo parroquial en honor a San Miguel Arcángel
Teodolinda
añade una nueva vivencia, en una madrugada Ramón se enfermó gravemente, a eso
de las 4 de la madrugada lo llevaron a La Playa donde en ese momento estaban
Omar Monzón y su esposa María, ambos médicos, Teodolinda y Ramón cuenta que lo
pusieron en una camilla y empezaron un trabajo de reanimarlo, según su
expresión “lo revivieron con ampolletas como pa burro”, que suerte la mía de
haber estado tan buenos amigos y doctores tan cerquita de mi casa.
Hubo
momentos de mucha tribulación en la crianza de los niños, algunas veces había
varios enfermos, en una de esas parió otra vez mi mujer en la casa, el último niño
pocos días después se enfermó se puso muy malito, y esta parte de la historia
sirve para recordar a un gran amigo y la solidaridad de los vecinos. Reyes
Vielma que tenía una bodega en La Playa, un hombre admirable, excelente
persona, enterado de las penurias de las enfermedades en la casa de sus
compadres, de su vecino, en su vehículo de doble tracción, lo llevó de
inmediato para Mérida, Reyes lo ingresó por su cuenta en una clínica
particular, el niño murió, y regresaron a La Playa a consolar a Teodolinda que
luchaba con la salud de los otros niños.
Allá en La
Playa cerca de la bajada del puente de La Mocoa, que se hizo bajo la
administración de la Junta Comunal de Emeterio Peña, otro personaje de Jají, y
que según refiere Ramón, el puente por su robustez, por estar bien hecho, ha
resistido todas las crecientes de esa quebrada, y permitió en un primer momento
que por el mismo pasaran los primeros Jeep.
Por allí se
atrevieron y pasaban en sus andanzas, al igual que por toda la parroquia, en un
Toyota un matrimonio de caraqueños benefactores de Jají, los doctores Paúl e
Ilse Romero, inolvidables médicos rurales que se integraron, ejercieron y
vivieron en el pueblo, en la residencia para médicos construida en el gobierno
del profesor Gustavo López.
Para visitar,
en su afán de servir a los campesinos y habitantes del lugar y de toda la
geografía de Jají, acudían periódicamente al dispensario de la Loma del Rosario,
para aliviar a los pacientes, que siempre con gran admiración los esperaban y
agradecían sus humanas e inigualables atenciones del juramento Hipocrático.
Ramón,
Teodolinda viven en el mismo lugar, bajo la sombra de un viñedo, allí disfrutan
su existencia, dan gracias al Señor por todo lo recibido, por sus hijos,
algunos de ellos todavía los tienen cerca, hijos que tienen casas rurales de
las muchas que se construyeron antes de
1.998, en toda la parroquia Jají. Su casa es modesta, pero por su tenacidad
disfrutan de los elementos propios de la vida moderna.
Pocas cosas
tan satisfactorias como ser amigo de la familia Vega Dávila, constituye para mí
un logro espiritual de mucha dimensión, ellos son gente buena, trabajadora,
sencilla, admirable, pero lo mejor todo es poder estar cerca de ellos y poder
escribir estas notas como un regalo de amigo. Reconozco los beneficios de sus
trabajos, sus esfuerzos, sus ayudas, como de tantos otros habitantes de La
Playa de Jají, que también han abonado
para el beneficio de mi familia, por eso siempre agradeceré sus acciones y afecto.
Mérida, 11
de noviembre de 2010
Germán
Monzón Salas
Nota: Todas las fotografías son del autor del Blog






