domingo, 16 de octubre de 2011

Blog N° 15 --La Playa de Jají y su gente. Ramón Vega y familia.--


Octubre 2011, N° 15
La Playa de Jají y su gente.
Ramón Vega y familia. -Un pequeño recuerdo para grandes amigos-


 Teodolinda dice que de su unión marital parió 21 vez, dos niños murieron infantes y 1 hijo adulto. Creo que en Jají, y en pocos lugares,  no hay un matrimonio que los iguale en el número de descendientes.
Esa prole sigue en aumento, hoy nos dice Teodolinda que ya tienen 58 nietos y 8 bisnietos.




Octubre 2011, N° 15
La Playa de Jají y su gente.
Ramón Vega y familia. -Un pequeño recuerdo para grandes amigos-

Ramón, Todolinda y parte de la  familia en compañía del autor


Hay muchas cosas que tal vez sin saberlo uno las lleva por dentro, eso se puede aplicar a los recuerdos, a la inteligencia, a los sentimientos, a las pasiones, pero en este caso lo voy a referir a las vivencias, aquellos hechos que nos marcan y nos dejan huella en el alma, en el espíritu, que se convierten como en una necesidad que hay que manifestarla y contarla. Por haber vivido rodeado de gente que aún cuando no dominan muchas letras, saben escribir sin usarlas, su lenguaje se representa más que todo en sus sentimientos, pero las letras las utilizan grabando en el accionar de  sus expresiones, de una manera natural tal cual son, sin alardes, un don especial que puede escribir un lenguaje sin letras, pero que sabe imprimir con una tinta indeleble, que no escribe sobre papel, su escritura es parte de su vida, y la van grabando con sus acciones, con su diario devenir, en su esfuerzo y trabajo de todos los días, van escribiendo el libro de su ejemplo, de su familia de su tierra, de sus allegados. Digo esto para empezar a referirme a una familia amiga que vive en La Playa de Jají, a la vera del antiguo y todavía actual camino que conduce hacia la Loma del Carmen y puede seguir hasta San Juan y Lagunillas de Mérida.
La familia Vega Zambrano es una de las tantas que conocemos de toda la vida, en ella se pueden particularizar muchas cosas que comparten con sus vecinos y amigos de toda la vida, pero como es usual ellos tienen su propia historia y particularidades, que en parte voy a referir, no pretendo hacer una historia completa, apenas intentaré perfilar algunos pasajes producto de amenas conversaciones que he sostenido con una pareja muy especial.
Ramón y Teodolinda, constituyen un matrimonio que tiene su propia historia, seguro estoy que pocas familias se le pueden parecer o alcanzar.
María Natividad Vega de Zambrano, nacida en San Juan de Lagunillas de Mérida, a poca distancia de donde hoy habitan sus descendientes, fue bautizada en su lugar natal pero se levantó e hizo su vida en Jají, todos la conocimos como Trina Zambrano, o simplemente Trina, recuerdo que era una mujer de porte pequeño de pelo encrespado y redondeado que cubría su cabeza con abundantes canas, de andar lento y midiendo cada paso, de poca expresión, pero con su simpatía natural y para muchos de personalidad enigmática, tal vez por su poco hablar, pero respetuosa y llena de su propia vida y sentimientos. Ramón Zambrano su esposo era nativo de Jají.
Su nieto Ramón Vega me contó que Trina Zambrano procreó estos hijos: Trina (su Mamá), Asunción, Catalina, Feliciana, Francisco y Carmen.

Café en pergamino secándose al sol con rastrillo para voltearlo

Trina Zambrano, aparte de cuidar a su familia, trabajó en la cosecha de café, y lo hizo al lado de los suyos hasta que murió a los 79 años de edad. En La Playa de Jají todos quienes vivimos en su tiempo la recordamos y sabemos y conocemos de ese especial personaje.
No pretendo hacer una historia familiar, pero si debo decir algunas vivencias de integrantes de la familia Vega Zambrano, empiezo por contar que en los días recientes de la muerte de mi madre Dora Salas Sívoli de Monzón, ocurrida el 16/09/10, tuvimos la ocasión de recibir una visita de condolencias impactante e inolvidable, en uno de los días de novenario se presentó en la Iglesia Nuestra Señora del Rosario, Catalina, ella vino desde La Playa de Jají a acompañarnos en el recogimiento de esos días. Con su hija Gladis y nietas compartió el rosario familiar en la casa de quien fuera su amiga y conocida de toda la vida, Dora de Monzón. Catalina en su avanzada edad es muy bajita de estatura, también encorvadita de años, pero rebosante de simpatía y dulzura, ella recordó muchos pasajes familiares de cuando ayudó a mi madre en la crianza de muchos de nosotros cuando éramos niños, y ahora ya todos en la tercera edad. Ese momento de su visita que pasamos con su compañía sirvió de bálsamo para aliviar las penas; pero en verdad quiero volver a la singularidad y oportunidad de  esa visita, todos pudimos compartir efusivos saludos, recordar, admirar y agradecer una mano amiga que guarda tan gratos y hermosos momentos de la existencia familiar; consideré esa visita como una señal para guardar por siempre el reconocimiento de las ayudas y de corazones siempre dispuesto a servir y querer.
Ahora vuelvo a los personajes principales de esta narración como lo cito en el título es la familia Vega Dávila.
Trina Vega Zambrano, madre de Ramón, la conocí como una mujer muy inquieta, siempre expresiva, muy saludadora, llena de simpatía, tal vez ese don de gente que tiene Ramón es producto de la fusión de la abuela muy serena y la madre siempre despierta.
Ramón como vecino de La Playa trabajó por un tiempo en la Hacienda El Carmen de su padrino Julio Monzón U., luego se marchó a La Azulita a la Hda. El Palmar, pasaron los días hasta que el padrino lo mandó a llamar, quería que volviera a La Playa y le dijo que él era como un hijo de la hacienda. Ramón vino y le contó que quería casarse que tenía una buena muchacha, el padrino le replicó vengase para acá que Carmelo Vera (el cojo) se mudó para la hundición, en la confluencia de las quebradas La Sucia y La Mocoa, y el ranchito que él ocupaba cerca de la casa grande está disponible, le dio la llave y con premura se dirigió para ver de cerca la pequeña morada. Abrió la puerta, la encontró llena de sucio, un desorden total, ese lugar servía de vivienda de pulgas, niguas y otros bichos, Ramón no se desanimó y quemando algunas pajas con el humo producido empezó la limpieza de todo y en especial de las plagas del que sería su primer hogar.
Un regalo de Bs. 30 ayudó para que Teodolinda Dávila, hija de Fermín Dávila y Pausalina Ávila residentes de las González de Chichuy, celebrara su matrimonio con Ramón.

Jají visto a lo lejos desde La Playa. Al fondo la Sierra nevada de Mérida

Cuando ya tenían 12 años de residencia en ese ranchito que habían empezado a modificar, vino el regalo de su padrino de unas parcelas de la hacienda para sus trabajadores, Ramón dice a mí me tocó la más grande por incluir la falda la cual también formó parte del obsequio. Para esta fecha la familia tiene 53 años habitando el mismo lugar, en una casa modesta que representa el trabajo y el esfuerzo de tantos años.
Recuerda que él le pidió al gobernador de Mérida, al viejito Rondón, como lo llamó, el arreglo de la vía desde la Playa, hasta su vecindad contando con la ayuda de Carlos Zambrano y César Guerrero, al final lograron el arreglo pedido.
Muchas cosas tiene Ramón para contar, antes de referir algunas voy a comentar sobre su mayor orgullo, su mayor logro, lo que lo identifica con su mujer Teodolinda Dávila, sus hijos, a pesar de las penurias y necesidades, siempre llenos de fe y a través del esfuerzo y la superación personal, procrearon una numerosa prole.
Teodolinda está cerca de los 80 años, al igual que su compañero, en junio pasado arribaron a 52 años de casados, celebraron sus bodas de oro, y no perdieron el tiempo, Teodolinda dice que de su unión marital parió 21 vez, dos niños murieron infantes y 1 hijo adulto. Creo que en Jají, y en pocos lugares,  no hay un matrimonio que los iguale en el número de descendientes. Esa prole sigue en aumento, hoy nos dice Teodolinda que ya tienen 58 nietos y 8 bisnietos.











Calle de Jají antes y después de la reconstrucción, la primera vista de abajo hacia arriba y la segunda de arriba hacia abajo.


La vida de Ramón ha discurrido en numerosas actividades, cosechando café en la hacienda El Carmen, recuerda que con toda la familia iba por las plantaciones de la hacienda de la Playa,  y todos, abuela y mi Mamá Trina, los padres e hijos con canasto en la cintura, como especie de cincho con barriga, empezaban a “jalar” los gajos o ramas del café para desgranar los frutos rojos, en cereza, del café madurito, después se cargaban cada quien a hombro limpio hasta el camino principal, donde algunas mulas esperaban para transportar en sacos, los muchos canastos llenos de la cosecha donde el rojo predominaba, pero también llevaban algunos frutos verdes y hojas del cafeto que se iban con los granos. Esa cosecha seguía hasta el “rollo”, instalación para dar inicio al proceso de aprovechar los frutos del café, en ese lugar el sistema del momento era medir en palitos y cuartillas el producto de la recolección y en esas unidades se pagaba luego en bolívares el resultado de esa labor, que se hacía con alegría, con bullicio, y esperando siempre el sábado para convertir el esfuerzo en los recursos de la familia; cuando la cosecha era buena también el producto familiar crecía, ellos administraban esos importantes recursos, y en general la economía merideña dependía en buena parte del producto fundamental como lo fue el café.
Después que le compró una camioneta a Julio Monzón S., donde aprendió a manejar, hizo de vendedor de aguacates, naranjas, cocos, plátanos, yuca, y otros frutos, algunos de la tierra llana como él la menciona.
El negocio de las naranjas le produjo importantes beneficios, recuerda que en un solo árbol en el lugar El Tejar, cosechó 5.500 naranjas. Compraba el mil de naranjas por Bs. 20, la docena la vendía por una locha (12,5 céntimos de Bs.). El saco de unas 350 naranjas lo adquiría entre 10 y 15 Bs.
Por un tiempo se fue a Caracas a trabajar con un coronel en Las Colinas del Tamanaco, donde estuvo por 22 años, Ramón comenta que sus andanzas le demostraron muchas cosas, cuando vivía en Jají, pensaba que mi padrino tenía mucho dinero, pero cuando conocí a Mérida, pude ver mucha más gente con plata, y con mi estada en Caracas casi que concluí que en ese lugar estaba todos los cobres que faltaba en la provincia.
Cambios tan bruscos de escenarios de vida, me permitió recordar La Playa en momentos de nostalgia y amor a la familia; cuando apenas existían caminos para recuas, caminos empedrados y barrialosos (lodazales). Las tinieblas de la noche llegaban en la tardecita, apenas fue por allá en 1960 cuando se alumbró la noche con los bombillos de Cadafe, por mucho tiempo el agua llegaba cerca de la casa  por una zanja que permitía lavar la ropa sobre una piedra a la orilla del pequeño curso de agua, y cargarla en vasijas para la casa para lavar trastos de la cocina de leña. Una fusión de esfuerzos de los hacendados y el gobierno empezaron por abrir la carretera; con la vía el progreso, tal vez lento llegó para quedarse, la carretera se mejoró, bateas y puentes en los casos de mansas quebradas en tiempo seco, pero aguas embravecidas y destructivas con las llegadas de las lluvias y aterradoras crecientes de Agua Clara, La Sucia, El Quebradón y La Mocoa, todas en un corto trayecto de apenas unos tres kilómetros de recorrido, que rompían el silencio habitual y lo tornaban en un tronar con choques de piedras y saltos violentos de abundante agua que arrastraba todo lo que se le atravesaba y se llenaba de un color de barro y sucio. Después vino el asfaltado del vetusto camino, hasta convertirlo en una importante vía pavimentada hasta San Juan.
La educación con nueva edificación para la escuela, permitió a la muchachada soñar también en la superación como el mayor vínculo del Estado para el desarrollo cultural y armónico de la aldea, de los “playeros”. No puedo dejar de recordar en mi caso particular, que las primeras letras las aprendí en la escuela estadal de La Playa, donde estudié hasta el tercer grado, de la mano de Ana y Josefa, que iniciaron sin poder imaginarlo un amor que no termina, una insaciable ganas de aprender, de saber.
También algunas viviendas rurales permitieron que esa comunidad, por la acción gubernamental de la democracia se enrumbaran por un sendero de acción social importante cumpliendo con la sagrada misión de servir al pueblo, por intermedio de la participación oficial.
Teodolinda quiso expresar su opinión y es así como contó que, ellos se acostumbraron a vivir en La Playa, allí se criaron libres como los pájaros, hicieron su nido (así refiere a su casa), levantaron los pichones (los hijos)  cargando la comida con mucho esfuerzo, para levantar una prole tan grande, con mucho trabajo de todos, siempre con la alegría de vivir y disfrutar de estos lares, tan especiales e imposibles de olvidar. Nos sentimos orgullosos de la familia y de todos los amigos y amistades que nos rodean, esa es nuestra tranquilidad y felicidad.

Jají y su templo parroquial en honor a San Miguel Arcángel

Teodolinda añade una nueva vivencia, en una madrugada Ramón se enfermó gravemente, a eso de las 4 de la madrugada lo llevaron a La Playa donde en ese momento estaban Omar Monzón y su esposa María, ambos médicos, Teodolinda y Ramón cuenta que lo pusieron en una camilla y empezaron un trabajo de reanimarlo, según su expresión “lo revivieron con ampolletas como pa burro”, que suerte la mía de haber estado tan buenos amigos y doctores tan cerquita de mi casa.
Hubo momentos de mucha tribulación en la crianza de los niños, algunas veces había varios enfermos, en una de esas parió otra vez mi mujer en la casa, el último niño pocos días después se enfermó se puso muy malito, y esta parte de la historia sirve para recordar a un gran amigo y la solidaridad de los vecinos. Reyes Vielma que tenía una bodega en La Playa, un hombre admirable, excelente persona, enterado de las penurias de las enfermedades en la casa de sus compadres, de su vecino, en su vehículo de doble tracción, lo llevó de inmediato para Mérida, Reyes lo ingresó por su cuenta en una clínica particular, el niño murió, y regresaron a La Playa a consolar a Teodolinda que luchaba con la salud de los otros niños.
Allá en La Playa cerca de la bajada del puente de La Mocoa, que se hizo bajo la administración de la Junta Comunal de Emeterio Peña, otro personaje de Jají, y que según refiere Ramón, el puente por su robustez, por estar bien hecho, ha resistido todas las crecientes de esa quebrada, y permitió en un primer momento que por el mismo pasaran los primeros Jeep.
Por allí se atrevieron y pasaban en sus andanzas, al igual que por toda la parroquia, en un Toyota un matrimonio de caraqueños benefactores de Jají, los doctores Paúl e Ilse Romero, inolvidables médicos rurales que se integraron, ejercieron y vivieron en el pueblo, en la residencia para médicos construida en el gobierno del profesor Gustavo López.
Para visitar, en su afán de servir a los campesinos y habitantes del lugar y de toda la geografía de Jají, acudían periódicamente al dispensario de la Loma del Rosario, para aliviar a los pacientes, que siempre con gran admiración los esperaban y agradecían sus humanas e inigualables atenciones del juramento Hipocrático.
Ramón, Teodolinda viven en el mismo lugar, bajo la sombra de un viñedo, allí disfrutan su existencia, dan gracias al Señor por todo lo recibido, por sus hijos, algunos de ellos todavía los tienen cerca, hijos que tienen casas rurales de las muchas que se construyeron  antes de 1.998, en toda la parroquia Jají. Su casa es modesta, pero por su tenacidad disfrutan de los elementos propios de la vida moderna.
Pocas cosas tan satisfactorias como ser amigo de la familia Vega Dávila, constituye para mí un logro espiritual de mucha dimensión, ellos son gente buena, trabajadora, sencilla, admirable, pero lo mejor todo es poder estar cerca de ellos y poder escribir estas notas como un regalo de amigo. Reconozco los beneficios de sus trabajos, sus esfuerzos, sus ayudas, como de tantos otros habitantes de La Playa de Jají,  que también han abonado para el beneficio de mi familia, por eso siempre agradeceré sus  acciones y afecto.
Mérida, 11 de noviembre de 2010
Germán Monzón Salas

Nota: Todas las fotografías son del autor del Blog